Poemas del Romanticismo: Los mejores 5 poemas de este movimiento

El Romanticismo fue un movimiento cultural que cambió la concepción de las artes para siempre. Si bien la literatura fue sólo una parte del movimiento, que también influyó en el teatro, la pintura y la música, fue en las artes escritas donde mayor trascendencia logró tener.

La poesía del romanticismo tiene su origen aquí. A partir de allí, la creación de la poesía dejaba de ser condicionada por los dogmas de la Ilustración y pasaba a seguir las reglas del Romanticismo: valorar la subjetividad, el amor y la naturaleza como temas centrales, y no buscar la verdad a través de la razón.

Estos son los mejores poemas del Romanticismo:

Amor eterno, de Gustavo Adolfo Bécquer

Podrá nublarse el sol eternamente;

Podrá secarse en un instante el mar;

Podrá romperse el eje de la tierra

Como un débil cristal.

¡Todo sucederá!

Podrá la muerte

cubrirme con su fúnebre crespón;

pero jamás en mí podrá apagarse

la llama de tu amor.

Annabel Lee, de Edgar Allan Poe

Fue hace ya muchos, muchos años,

en un reino junto al mar,

habitaba una doncella a quien tal vez conozcan

por el nombre de Annabel Lee;

y esta dama vivía sin otro deseo

que el de amarme, y de ser amada por mí.

 

Yo era un niño, y ella una niña

en aquel reino junto al mar;

Nos amamos con una pasión más grande que el amor,

Yo y mi Annabel Lee;

con tal ternura, que los alados serafines

lloraban rencor desde las alturas.

 

Y por esta razón, hace mucho, mucho tiempo,

en aquel reino junto al mar,

un viento sopló de una nube,

helando a mi hermosa Annabel Lee;

sombríos ancestros llegaron de pronto,

y la arrastraron muy lejos de mi,

hasta encerrarla en un oscuro sepulcro,

en aquel reino junto al mar.

 

Los ángeles, a medias felices en el Cielo,

nos envidiaron, a Ella a mí.

Sí, esa fue la razón (como los hombres saben,

en aquel reino junto al mar),

de que el viento soplase desde las nocturnas nubes,

helando y matando a mi Annabel Lee.

 

Pero nuestro amor era más fuerte, más intenso

que el de todos nuestros ancestros,

más grande que el de todos los sabios.

Y ningún ángel en su bóveda celeste,

ningún demonio debajo del océano,

podrá jamás separar mi alma

de mi hermosa Annabel Lee.

 

Pues la luna nunca brilla sin traerme el sueño

de mi bella compañera.

Y las estrellas nunca se elevan sin evocar

sus radiantes ojos.

Aún hoy, cuando en la noche danza la marea,

me acuesto junto a mi querida, a mi amada;

a mi vida y mi adorada,

en su sepulcro junto a las olas,

en su tumba junto al rugiente mar.

Cuando en la noche, de Gustavo Adolfo Bécquer

Cuando en la noche te envuelven

las alas de tul del sueño

y tus tendidas pestañas

semejan arcos de ébano,

por escuchar los latidos

de tu corazón inquieto

y reclinar tu dormida

cabeza sobre mi pecho,

¡diera, alma mía,

cuanto poseo,

la luz, el aire

y el pensamiento!

 

Cuando se clavan tus ojos

en un invisible objeto

y tus labios ilumina

de una sonrisa el reflejo,

por leer sobre tu frente

el callado pensamiento

que pasa como la nube

del mar sobre el ancho espejo,

¡diera, alma mía,

cuanto deseo,

la fama, el oro,

la gloria, el genio!

 

Cuando enmudece tu lengua

y se apresura tu aliento,

y tus mejillas se encienden

y entornas tus ojos negros,

por ver entre sus pestañas

brillar con húmedo fuego

la ardiente chispa que brota

del volcán de los deseos,

diera, alma mía,

por cuanto espero,

la fe, el espíritu,

la tierra, el cielo.

El Giaour, de Lord Byron

Pero antes, sobre la tierra, como vampiro enviado,

tu cadáver del sepulcro será exiliado;

entonces, lívido, vagarás por el que fuera tu hogar,

y la sangre de los tuyos has de arrancar;

allí, de tu hija, hermana y esposa,

a media noche, la fuente de la vida secarás;

Aunque abomines aquel banquete, debes, forzosamente,

nutrir tu lívido cadáver andante,

tus víctimas, antes de expirar,

en el demonio a su señor verán;

maldiciéndote, maldiciéndose,

tus flores marchitándose están en el tallo.

Pero una que por tu crimen debe caer,

la más joven, entre todas, la más amada,

llamándote padre, te bendecirá:

¡esta palabra envolverá en llamas tu corazón!

Pero debes concluir tu obra y observar

en sus mejillas el último color;

de sus ojos el destello final,

y su vidriosa mirada debes ver

helarse sobre el azul sin vida;

con impías manos desharás luego

las trenzas de su dorado cabello,

que fueron bucles por ti acariciados

y con promesas de tierno amor despeinados;

¡pero ahora tú lo arrebatas,

monumento a tu agonía!

Con tu propia y mejor sangre chorrearán

tus rechinantes dientes y macilentos labios;

luego, a tu lóbrega tumba caminarás;

ve, y con demonios y espíritus delira,

hasta que de horror estremecidos, huyan

de un espectro más abominable que ellos.

Volverán las oscuras golondrinas, de Gustavo Adolfo Bécquer

Volverán las oscuras golondrinas

en tu balcón sus nidos a colgar,

y otra vez con el ala a sus cristales

jugando llamarán.

 

Pero aquellas que el vuelo refrenaban

tu hermosura y mi dicha a contemplar,

aquellas que aprendieron nuestros nombres….

ésas… ¡no volverán!

 

Volverán las tupidas madreselvas

de tu jardín las tapias a escalar,

y otra vez a la tarde aún más hermosas

sus flores se abrirán.

 

Pero aquellas cuajadas de rocío

cuyas gotas mirábamos temblar

y caer como lágrimas del día….

ésas… ¡no volverán!

 

Volverán del amor en tus oídos

las palabras ardientes a sonar,

tu corazón de su profundo sueño

tal vez despertará.

 

Pero mudo y absorto y de rodillas

como se adora a Dios ante su altar,

como yo te he querido…, desengáñate,

así… ¡no te querrán!

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